Hoy me he puesto tus zapatos planos y me he marchado por el parque hasta la estación de tren pero no han pasado más trenes de viajeros, no habrá más viajes... He continuado mi marcha sin ese aroma a menta que respirabas por la larga avenida de los álamos blancos, desnudos de hojas blancas, y me he acercado al colegio para recoger a las niñas, Jazmín y Carmen, pero no me han reconocido. Tanto he cambiado que no me ha saludado su profesora de danza cuando he cruzado la calle camino de la carnicería. Allí tampoco estaba nadie para muchas alegrías, y tras un largo silencio, me he salido sin comprar nada. Ya comeré otro día tu plato preferido. Quizás me falte más carmín para tapar el labio ensangrentado por el penúltimo puñetazo pero no me dió tiempo de ir a la perfumería. Aunque lo que más tuvo que doler debió ser la barra de hierro sobre tus costillas justo antes de que te golpeara en tus sienes, sobre tu melena rubia y ondulada como las olas que morían dulcemente en aquella playa dorada de tus favoritas vacaciones.
Qué triste está la sala mortuoria del Instituo de Medicina Legal y qué pocas rosas han cortado para este funeral. Sólo son cincuenta y seis rosas...